El siglo XXI carga con la responsabilidad de preservar los restos del patrimonio arquitectónico que se mantiene en nuestros pueblos y ciudades tras un siglo, el XX, en el que lo antiguo se consideró viejo y, en general, un obstáculo para un progreso que no fue capaz de integrar el pasado con el presente.
La preservación de la que hablamos no solo ha de centrarse en el valor de lo protegible, sino que, además, ha de tener en cuenta los del conjunto, y su trascendencia como elementos históricos, incluso simbólicos, del entorno en el que se encuadra. Y esto lo aplicamos al patrimonio heráldico.
A lo largo de la historia, la heráldica jugó un papel importante como sistema de identificación, como símbolo de estatus social o como fuente de inspiración artística. Los escudos han permitido identificar a individuos, familias y comunidades; establecer linajes o reafirmar la historia familiar o colectiva de un lugar.
Tal y como afirma Pedro Hernández Murillo, autor del prólogo: «Hay en este trabajo, además, una sutil reivindicación del siglo XXI como tiempo de responsabilidad. En una época en que la memoria visual se ve amenazada por la homogeneización y la pérdida del patrimonio, esta obra recuerda la urgencia de preservar, comprender y difundir los vestigios que aún resisten en nuestras calles y templos. La heráldica no es una curiosidad del pasado, sino un testimonio de continuidad: el eco visible de la historia que nos conforma».